Mario Vírico

Decálogo del Deseo: Mamá

Publicado en Lirismos por Mario Vírico en Octubre 16, 2009

Mommy

Fíjate si andaba débil y borrachuzo que esta chica, antigua compañera de instituto, en su día presencia secundaria, me ofrece gentilmente su habitación de invitados. Oh, la gentileza… ¿cuánto hace que no uso esa palabra? Ese fin de semana su hijo lo pasa con su padre. Ella añora a la criatura sin disimularlo. Es más, le menciona con frecuencia y es agradable de oír. El suelo del recibidor está lleno de ceras de colores. El niño debe quererla mucho. Es después de fijarme en las pinturas desperdigadas que me planteo el hecho de estar ante una mujer que ha madurado sana. No como esas frutas jóvenes que apenas caen del árbol se magullan contra el suelo. Ahí me detengo en teorías beodas acerca de los vínculos generacionales y demás mierdas. Pero lo mejor viene al despertar.

Me saca de la cama con unos buenos días llenos de serenidad; discuto con mi cascarrabias si no se trata de una impostación. Por un momento dudo sobre la calma y dulzura que desprende su forma de hablar, pero debe ser algo natural si las mantiene durante tanto tiempo. Claro, súmale la piel pálida y los iris de orfebre. El haber estado escondida en mi memoria y su reaparición orquestada. La desnudez de nuestra conversación matinal: yo me fumo un par de sus cigarrillos negros mientras ella se disculpa por el crunch de sus cereales. La cago diciéndole que el crunch tiene algo bello que no debe ser silenciado. O quizás no. Parece cómoda con lo irritante de mi franqueza. Caminamos juntos, vamos al estanco, la acompaño al banco, seguimos hasta la estación. Mientras tanto hablamos de belleza interna y curvada, de suicidio, depresión y amor.

Nos despedimos con cortesía. Supongo que ella, de guardarme, lo hace en un rincón apretujado de la memoria. Yo no llego a planteármela hasta pasados dos días. Entonces la coloco junto al azafrán y los poemas adolescentes. Me abofeteo por no haber sabido verla en 1994. Claro que… ¿qué coño veía yo entonces? Mamás como ella, treintañeras serenas con aspecto de lavarse las mejillas con jabones florales.

Mi tragedia comienza cuando nos veo en la misma sala de espera. El amor que no llega. Porque ella, al igual que yo, cree en la posibilidad de mantener una relación limpia y trazada desde el respeto y otras cosas incondicionales. Esperamos, charlamos compartiendo afinidades. Podríamos conformarnos con un baile de sexos, pero si ella lo hiciera dejaría de admirarla. Así que ninguno de los dos se detiene ahí y el intercambio sigue. Prefiero admirarla silenciosamente. Recordar dónde está cada lunar y dejarla ahí, pintando encima del sol de la mañana con una de las ceras del descansillo.

Mejor dejarlo ahí. Yo nunca seré padre, sólo me acercaré a los niños y contemplaré a sus madres.

2 comentarios

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  1. fanshawe said, on Octubre 16, 2009 at 10:45

    Tiene algo de hijoputesco para uno mismo contemplar a una madre de la que te enamoras platónicamente desde la posición de iguales (o semi iguales), sobre todo para quien ha sido un admirador incondicional de las madres jóvenes de amigos. Cómo olvidar a la madre de Arévalo, esa treintañera rubia de rizos que se descalzaba al llegar a casa de trabajar, besaba a su hijo y me agarraba la barbilla diciendo “qué guapo serás” para después remangarse la camisa blanca del trabajo y dejarme ver la inigualable pelusa rubia de los brazos de una madre guapa y alegre. Ah.

  2. Mario Vírico said, on Octubre 16, 2009 at 14:35

    Supongo que viene de ahí sí, de habernos ya recreado en su día con otras madres jóvenes. Lo curioso está en toparse con esta nueva perspectiva, la presente. En mi caso ya digo que fui incapaz de saborear la escena hasta que pasaron unos días. Pero oye, qué sabor al rememorarla.


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