Mario Vírico

Porno y Poesía (XIII): Sueño/Moción

Publicado en Lirismos por Mario Vírico en Julio 3, 2009

HockneyBigSplash

Lo ha puesto todo patas arriba y me gusta, me encanta que me contagie su velocidad. Al hacerlo me revive. Me explica cuatro cosas distintas al mismo tiempo, tiene el don de interrelacionarlo todo. Estamos hechos de un material parecido, eso explica que pueda seguirle el ritmo. Ahora dice que se va a dormir. Se me escapa un beso en diminutivo. Soy una mamá.

Sigo sin poder dormir, intento imaginarla a ella, estoy estúpidamente convencido de que me ayudará a conciliar el sueño. Pero está ocurriendo de nuevo; me hundo en el colchón y sólo dura un par de horas. En esas dos horas he sido alcohólico y me he encontrado con ella en una terraza ajardinada. Hay más gente con nosotros, amigos suyos al parecer, pero ella sólo les ríe los comentarios y se gira a mirarme. Se acerca y me coge del blazier color manila que llevo, me sujeta por una de las esquinas y no me suelta. No puede ser ahora, quizás se trate de más tarde, más adelante. De pronto noto que ya no tiran de mi chaqueta; en los sueños la gente tiende a esfumarse y los arquitectos rehacen las calles en cuestión de segundos. Se ha ido. Camino por una autopista, llego a una ciudad. Entablo conversación con alguien que va de camino a mi pueblo. Me subo en su coche y a mitad de trayecto nos detenemos. Me bajo y vuelvo a caminar en dirección a la ciudad, como ausente, fuera de mí mismo. Parezco Dean Stanton en ‘Paris, Texas’, lo que tiene sentido. Fue ella quien insistió en que la viera. Consigo finalmente volver al pueblo después de ayudar a un niño con el que me pegaba en el recreo. Karma, ‘Flatliners’, Joel Schumacher. El sueño va demasiado rápido, todo se precipita. Llego a casa, pero es otra. De nuevo los arquitectos. Al poco de llegar suena el timbre. Es una anciana, igualita a Elvira Quintillá, la viuda de Rodero. Mi abuelo envejeció con unas ojeras como las de Rodero; relación explicada. Dice ser un ecoterrorista disfrazado. Los cirujanos plásticos también andan saturados de trabajo en esta parte del mundo: Elvira es ahora un hombre. Sale de la casa y vuelve en cosa de minutos. Lleva un pasamontañas y trae a un tipo amordazado. Le ata al pilar que hay en el salón y le empieza a hacer preguntas. Le promete que si responde con sinceridad le dejará ir. El tipo se relaja y confiesa, acto seguido Elvira le ametralla en plena cara con una automática israelí. Empieza a llover sangre, sabe y huele como zumo de tomate podrido. No sabe a metal. Elvira vuelve a su forma femenina y me enseña una serie de fotos con el recién ejecutado torturando a animales. Le digo que me parece fenomenal, que es lo que hay que hacer. Le pregunto si me puede dar trabajo y me responde con un cariñoso pues claro que sí. Se despide y me despierto con el sabor de la sangre atomatada en los labios. ¿Seguirá ella dormida?

Cuánta velocidad, toda la que mi cuerpo parece pedir desde hace tiempo. Me siento de nuevo viviendo en el cuadro de Hockney. Es una obsesión infantil por el azul que todavía me persigue. Creo que moriremos juntos. Yo y la obsesión, quiero decir. Necesito algo así, algo fresco y dinámico. Algo que me devuelva las emociones, que me libere de ese cigarrillo que va y viene a mis labios. Dime qué es el aire, por favor. Sólo sé que lo consumo hasta olvidarme de él. Azul, bragas, el cielo, los arquitectos, la música de piano, el insomnio compartido en un lecho, el silencio que existe en el filamento que conecta ciertas miradas.

Azul, dame azul. La velocidad y la perfección están ahí.

Una respuesta

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  1. n said, on Julio 4, 2009 at 13:16

    love it


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