The Ballad of Yuri & Lara

Amar a Lara es una putada de dimensiones históricas. La sombra de Komarovsky, una indeleble. Añádele el palacio helado, mezcla el hambre y la guerra, los abrigos raídos y los cuerpos apretujados. Dáselo a un niño. Mata a Zhivago gritando el nombre de Lara, en medio de una avenida. Aléjate del hombre noble que yace muerto, aléjate y haz de él un anciano anónimo.
Duele.
Coincidieron la casi tradicional gastroenteritis navideña, la infancia y la inocencia. Las dos últimas no siempre viajan juntas. Si las metieras en el Transiberiano, acabarían a menudo en vagones distintos. Las mías iban juntas, como Tonya y Yuri, compartiendo vagón con Klaus Kinski.
Precisamente hablaba hoy de este fenómeno con un amigo. Películas que uno apenas retiene de niño y que contraatacan años después desde un fotograma o una melodía, invocando recuerdos que uno ignoraba preservar. Se suele dar una colisión deslumbrante. En apenas unos segundos friccionan las emociones más antiguas con las más recientes. El molde con el resultado. Da para conocerse mejor a uno mismo, también para extrañarse consigo mismo. Mnemotecnia y Cine, poderosos aliados que guardan registro de todo aquello que dábamos por perdido. Imagino que en este mi caso la culpa es de Julie Christie. Después de Zhivago seguí quedándome dormido con películas que me llamaban para despertarme después con los ojos húmedos, como si no cupiera la posibilidad de volver a verlas, como si ya no quedara nada. Y cuando digo nada es nada. También me descubre un paralelismo que desconocía. Aparentemente menor, y sin embargo muy significativo. Nuestros nombres, el suyo y el mío, su sonoridad. Hay también una sombra que nos persigue y nos desune.
Maldito Komarovsky.
Apártate de ella, lobo.





