Mario Vírico

No sabes follar

Publicado en Lirismos por Mario Vírico en Enero 16, 2009

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Porque no sabes sentir. La música te lo dice, te lo dice aquella que no escuchas, la que no escuchas porque no sabes sentir. Te lo susurra el viento, mientras mece paisajes y obsequia con musas a bardos y pintores. Eres incapaz de conocer la obra sin dejarte antes condicionar por las palabras que la irrelevancia aporta. Creerías sentirte más cerca de la melodía sabiendo que su autor la compuso tras fallecer su esposa. Hoy lo he visto claro, escuchando el espacio. A Richard Skelton marcando el tiempo, más concretamente. He florecido, triste y decidido como siempre, pensando en tus días de alcoba y banquete, grietas por donde pasa el tiempo y se agota el ente. He pensado en ti, que no sabes abrirte en pétalo ni recibir la tormenta y el rocío.

La belleza se agolpa contra el umbral de tu pupila y el pabellón de tu oído, pero no sabes, no sientes. Y sin embargo se te ofrecen, con los muslos húmedos y los senos encendidos. Pero tú, destructor goloso, césar intoxicado, masticas y chupas hasta el desierto. Entonces, al amanecer, se descubre un lugar donde la palabra debe asentarse. Hablas, con la convicción ausente, persiguiendo a la siguiente presa. Llenas la atención de la dama con fragmentos de quién y por qué, dudas irresolutas, únicas respuestas a tu apetito.

Debo reconocer que posees cierta gracia en tu forma de moverte. De algún modo brillas, y ellas saben percibirte porque eres todo lo que quieren sentir. Se han prohibido el afecto, el desnudo despierto. Ya no se escurren de entre las sábanas y salen de puntillas a ver la luna perderse en la bruma del alba. Cuando las invito a escuchar la noche corren desprotegidas hasta encontrarte. Ya no me creen, ladrón. No pueden porque ya sólo soy ficción. El héroe novelado, flotando sobre el dormitorio de sus infancias. Como una estrella adhesiva a la cual encuentra la nueva inquilina. La despega con desprecio, ni siquiera se detiene a comprobar si conserva rastro de mi fulgor.

Heathcliff, eternidad, jinete, hogar, soldado. Palabras que ya no despiertan a mi niña. Su cama está deshecha, un vinilo funk sobre su mesilla señala restos de fiesta. Tiene cinco o más personas a las que llamar para llenar su sábado. Ayer fue viernes, el único día en que yo existo. Salgo flotando de mi guarida, huelo las cabelleras y me grabo los rostros. Bebo y finjo sumarme a ese baile que sólo es debacle. Ella se duerme con el salpicón de lefa entibiándose en el vientre, planeando el sábado, las llamadas, el restaurante y el dormitorio. La llaman puta, cuando en realidad es un satélite extraviado. Una rosa que trashuma y gradualmente se desflora. Una luna cuya lujuria nunca ayuna.

No sabes follar, no sabes amar. Mira lo que le has hecho a mi niña. Cada día más hastiada, menos divertida. Su coño es tu columpio, su rostro un precipicio. Lo sorteas obligándote a desconocerlo, desdibujándolo en tu imaginación estéril, cambiándole el nombre y el color del iris. Y yo que sé, que siento y crezco, soy prisionero de ese silencio que a uno le rodea cuando nadie le desea, mientras tú te acercas y más tarde la desecas. Aprendo finalmente que, en efecto, ella es una flor, expuesta a ti, lengua del glaciar.

2 comentarios

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  1. roxane said, on Febrero 21, 2009 at 20:56

    SUBLIME, me encanta tu manera de escribir… así es, no sabe follar

  2. Juan Pérez said, on Octubre 17, 2009 at 03:13

    Maestro


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