Mario Vírico

Jugando con la Fe

Publicado en 24fps, Té Uve por Mario Vírico en Noviembre 13, 2008

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En cuanto ‘I Want To Believe’ concluye la sensación es devastadora: lo único verdaderamente mítico y sustancial que hay en ella se encuentra en la barba que abriga la cara de inocente de Fox Mulder. En cuanto la navaja hace su trabajo todo apunte firme parece desvanecerse, y el recuerdo de ‘Fight the Future’ se atrinchera poderoso en la memoria. El largo de 1998 se impone al de 2008, entre decenas de motivos, por una cuestión de coherencia no ya sinóptica (el más visible e hiriente vacío de la presente) sino sentimental.

Resulta difícil creer que el guión de este epílogo, árido y gélido como su escenario predominante, venga de Frank Spotnitz y el padre fundador Chris Carter. Spotnitz andaba detrás de los mejores y más significativos -tanto dentro como fuera del llamado mytharc- episodios de ‘The X-Files’, combinando humor autoconsciente y una psicología demoledora que cuestionaba constantemente a sus protagonistas por encima de sus borrosos enemigos. ‘Clyde Bruckman´s Final Repose’, ‘Jose Chung´s From Outer Space’, ‘War of the Coprophages’ o ‘Bad Blood’ son muestras de la visión que Spotnitz imprimió al mito. Es indiscutible el espíritu on-the-go que empezó a asomar hacia la cuarta temporada de la serie, que no casualmente coincidía con la ampliación presupuestaria de la que gozó por aquel entonces. Gracias a ello se empezaron a alternar los capítulos cómicos que tan bien funcionaron en la 3ª temporada con la gravedad de la Gran Conspiración, aquella que siempre estuvo ahí, ya fuera como elemento de contacto o como fondo amenazante.

‘I Want To Believe’ comienza arrogante, casi prometiendo resoluciones metafísicas y descubrimientos magníficos. El clima que mantiene -me gustaría creer que deliberado- sostiene esas promesas en todo momento… para finalmente estrellarlas contra un desenlace apático y descorazonado. Pero el núcleo de tan pobre aventura ni siquiera está realmente helado, sino que aviva la esperanza del exófilo por vía de una tibiez cruel y despreocupada. A la película la recorre una suerte de amnesia, como si nadie fuera quien afirmara ser, como si Carter se vengara de un éxito castrador, manipulando sin concesiones los ánimos de esos creyentes a quienes dice dedicar el film.

Lejos de aportar algo al mito lo destruye mientras revisa, con algo parecido al cinismo, los momentos más emblemáticos de una historia que fue grande por beneficiarse del tópico y explotar las posibilidades ocultas que éste ofrece. Precisamente ahora, cuando el rescate de la serie desvela preguntas que nadie parecía o necesitaba hacerse en los 90, Chris Carter toquetea sus cimientos y le construye una fosa. Es ahora más que nunca cuando necesitamos héroes idealistas y sufridores como Fox Mulder y pensadores sensibles como Dana Scully. Figuras más cercanas de lo que la linterna y la gabardina nos permitían adivinar entonces. Futuros arquetipos de esa bravura autosuficiente y falsamente vulnerable que nos traen las ficciones contemporáneas. Protagonistas de un romance complicado y afín a las leyes de la atracción.

A esa riqueza interna le habría sido consecuente el cadáver de Mulder bajo el hielo, o un silencio agridulce que sugiriera un horizonte mayor tras las cuestiones que nos planteó la serie. Tristemente, ‘I Want To Believe’ es un purgatorio para el converso.

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